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21 de agosto de 2026
Crónicas de Nuestra Gente: De Caucete a La Dormida, la entrañable historia de Oscar
Hay historias que marcan el pulso silencioso de nuestros pueblos, aquellas que no nacen de grandes titulares políticos, sino del esfuerzo diario, del trabajo noble y de los afectos construidos a lo largo de décadas.
Esta es la historia de Oscar Chávez, conocido por todos cariñosamente como "El Sanjua", un hombre cuya vida se tejió entre la harina, las madrugadas y un profundo arraigo en nuestro distrito de La Dormida, en Santa Rosa.
Las raíces, el sismo y la llegada a La Dormida
La historia de los Chávez en el Este mendocino tiene un prólogo marcado por la adversidad. Corre el año 1977 —poco después del devastador terremoto de Caucete, San Juan— cuando la familia pierde absolutamente todo. Con el peso de la pérdida, Victoriano Chávez (el padre) decide migrar junto a su hijo Oscar hacia Mendoza buscando un nuevo horizonte, logrando instalarse en el distrito santarrosino de La Dormida.
Mientras Victoriano comenzó a trabajar como contratista rural en la finca de Gerardo Sánchez, el joven Oscar —de carácter muy tímido y reservado— dio su primer paso hacia su verdadero destino.
El encuentro con los hermanos Sosa y el bautismo como "El Sanjua"
Por esos azares del destino, Oscar se acercó a una conocida panadería del lugar que pertenecía a los hermanos Mario y Luis Sosa. El joven llegó preguntando por trabajo y fue atendido inicialmente por la entrañable "Cholita", la esposa de Mario, mientras este último se encontraba haciendo el reparto. Al llegar Mario a la panadería, se produjo el encuentro que cambiaría su vida para siempre.
Al enterarse de que sabía el oficio, Mario le preguntó con una sonrisa: "¿Qué sabes hacer?". "Sé hacer pan", respondió. Y sin dudarlo, lo desafió: "Venite esta noche y te probamos". Así fue como aquel muchachito tímido se ganó su lugar. A partir de allí, los hermanos Sosa lo bautizaron cariñosamente como "El Sanjua", adoptando un apodo que llevaría con orgullo el resto de su vida.
Un legado de lealtad: de generación en generación
Con el paso de los años, la panadería fue cambiando de manos, pero la presencia de "El Sanjua" se mantuvo inquebrantable como un pilar de la casa.
Cuando la salud de Mario Sosa comenzó a deteriorarse (ya sin su hermano Luis en vida), el querido panadero le hizo un encargo sagrado a su yerno, Gustavo Pirani, quien se haría cargo del negocio: "Cuidámela a la vieja por si yo me voy, y asegurate de que Oscar siempre tenga su lugar y su sustento, porque él ha estado en las buenas y en las malas". Y se cumplió al pie de la letra. Gustavo no solo respetó ese lugar, sino que años más tarde —hacia 2019— el mando de la panadería pasó a manos de su hijo, Agustín, con quien Oscar continuó trabajando codo a codo hasta que, hace unos días, cumplió sus 65 años y concretó su merecida jubilación.
El orgullo de una gran familia
Hoy, la vida de "El Sanjua" se refleja en el amor de su gente. Oscar es padre de 10 hijos, abuelo de 17 nietos y bisabuelo de dos pequeños, León y Cataleya, quienes multiplican su legado de dignidad y trabajo junto a su compañera de vida, María Gatica, más conocida por todos como "la Montaña".
Aquel joven que llegó de San Juan tras la tragedia, escapando del dolor, encontró en La Dormida una familia, un oficio y amigos de fierro. Hoy, tras colgar el delantal y alcanzar su jubilación, sigue cosechando el respeto y el cariño de todo un pueblo que lo abraza en cada esquina. ¡Salud, Sanjua!
Por El Vocero del Este